No podía creer lo que me estaba sucediendo. Entre otros números absurdos, recordé el del teléfono de una novia de la adolescencia. Tenía en mi cabeza, en fin, todas las cifras que no necesitaba, pero no me venía la única que me hacía falta en esos momentos. Y aún no me ha venido. He tenido que llamar al banco para solucionar el problema.
Salí del paso pidiendo prestado dinero en el hotel, donde incomprensiblemente se fiaron de mí. Pero la experiencia me ha dejado una sensación de fragilidad insoportable. Si en lugar de ocurrirme esto en una ciudad española, me hubiera pasado en Hong Kong, me habría vuelto loco. Ahora comprendo por qué me resisto tanto a ir a Hong Kong. De momento, he apuntado los números importantes en una tarjeta plastificada, aunque sé que tarde o temprano olvidaré también dónde he puesto la tarjeta. Hay un punto de la vida en el que todo comienza un proceso de desrealización. Me pregunto si habré empezado a desrealizarme por el número de la tarjeta de crédito.
Juan José Millás

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